Las lecturas de la niñez pueden marcar toda una vida y mi caso no iba a ser una excepción. Ya desde muy joven empecé a interesarme por aquellas revistas de terror polvorientas que mi primo, algunos años mayor que yo, atesoraba en su cuarto. Recuerdo con nostalgia como cada semana me leía decenas de aquellos cómics, la gran mayoría en blanco y negro, fascinado

















