SAN ANDRES (SAN ANDREAS). LA CRITICA

Los films sobre grandes desastres naturales constituyen en si mismos un género dentro de las películas de acción y aventura. Este género es eminentemente norteamericano (puede que por los grandes presupuestos necesarios para producir sus efectos visuales), con una primera época de esplendor vivida en los años 70 del pasado siglo. San Andrés, dirigida por Brad Peyton (Viaje al centro de la Tierra 2: La Isla Misteriosa) y con guión de Carlton Cuse (Bates Motel, Lost), encaja de lleno en este cine catastrofista, esta vez tomando como excusa un gran terremoto en California, cuyas terribles consecuencias se nos presentarán a través de los ojos de sus protagonistas principales: el bombero Ray Gaines (Dwayne Johnson), su ex-mujer (Carla Gugino), y su hija Blake (Alexandra Daddario).


Tras un período de relativa inactividad, la gran falla de San Andrés recobra su actividad sísmica. El Dr. Lawrence Hayes (Paul Giamatti) y su ayudante parecen ser los primeros en descubrir un sistema para predecir (con poco margen, eso si) los terremotos. Pero cuando están a punto de confirmar su teoría en la gran presa Hoover, un gran temblor la destruye por completo, el primero de una serie de grandes movimientos sísmicos que arrasarán California de norte a sur. Y en medio de todo ello, Gaynes y su ex-mujer, Emma, intentarán encontrar a su hija, quien se encuentra en San Francisco intentando luchar por su vida ayudada por dos hermanos ingleses, Ben y Ollie Taylor.

Este es el punto de partida de San Andrés, una película de desastres en la que, por una vez, sus protagonistas no toman decisiones tontas ni incomprensibles, con personajes fuertes, serenos (a veces quizás demasiado tranquilos con la destrucción que les envuelve), capaces y valientes. Mientras que en la mayoría de este tipo de films las meteduras de pata de sus personajes se convierten en gran medida en el motor que hace avanzar la historia, en San Andrés lo es la capacidad de la familia Gaines para sobrevivir, desde el personaje de Gugino hasta el de Johnson, pasando por una Alexandra Daddario que demuestra que prestó atención a las lecciones de supervivencia que su padre le enseñó cuando era pequeña tras perder a una hermana ahogada.

LO ÚNICO QUE DISTRAE DE TANTA DESTRUCCIÓN SON LOS PROFUNDOS OJOS AZULES DE DADDARIO

A la fortaleza de sus protagonistas, sobre todo Emma y su hija Blake, a la película se le une un ritmo endiabladamente trepidante, como la propia cadena de sismos que azotan en tan poco lapso de tiempo el estado de California. Este ritmo es tan rápido para los protagonistas como para el espectador, lo cual se agradece, ya que este tipo de películas suele adolecer en ocasiones de lagunas argumentales donde la acción se estanca con conversaciones banales y sentimentaloides. Aun así, Peyton incide en la familia como fuerza que permite sobrevivir al núcleo de protagonistas, cayendo en la tentación de pintarnos al elemento extraño, Ioan Gruffudd, el novio de Gugino, como el típico ricachón egoísta que solo busca sobrevivir incluso a costa de los demás. 

Mientras que Daddario hace un competente papel en la película, su elección para interpretar a la hija adolescente del matrimonio protagonista se hace algo extraña, teniendo en cuenta que la actriz tiene 29 años. Quizás Peyton tuvo mas en cuenta a la hora de apostar por ella sus aptitudes como heroína de acción guapa e inteligente que su edad, demasiado mayor quizás para el papel. En cualquier caso, Daddario se convierte en la verdadera protagonista de San Andrés, eclipsando a veces el carismático papel que Dwayne Johnson hace en el film.

JOHNSON Y GUGINO VIAJARÁN POR TIERRA, MAR Y AIRE EN BUSCA DE SU HIJA

Pero el verdadero protagonista del film son los efectos visuales, que nos muestran la destrucción a gran escala que provocaría un terremoto de esta magnitud. Sin duda alguna, buena parte de los 110 millones de dólares del presupuesto de la cinta han ido a parar a los espectaculares efectos visuales que plasman la destrucción que sufre el estado de California. Aun así, el director no deja que tanta destrucción distraiga al espectador, y se apoya en ella para hacer avanzar la trama de manera mas o menos convincente, embarcando a la pareja que forman Gugino y Johnson en helicópteros, avionetas, lanchas y furgonetas, todo para intentar encontrar a su única hija en medio de tanto caos.

Si dejamos de lado ciertas inconsistencias y licencias narrativas (la lancha navegando sin problemas en el agua plagada de restos, la aparente facilidad con que Gaines aparca sus responsabilidades para ayudar a su familia, la serenidad de los protagonistas en ciertas escenas de supuestamente gran peligro...), San Andrés se disfruta como lo que es, un espectáculo de acción palomitero fabricado para estrenarse en las fechas veraniegas en las que nos encontramos. Recomendable para pasar un buen rato sin quitar ojo a la pantalla del cine, no dejando rastro en nuestra memoria media hora después de salir de la sala de proyección.

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